• Jonás

ADIOS A LOS DIPLOMAS, CERTIFICADOS, RECONOCIMIENTOS Y DEMÁS


Cuando entras a un consultorio médico y ves en un muro muchos diplomas, te sientes tranquilo, algo por dentro te dice que el médico es muy bueno, y puede que así sea. Si entras a un despacho de un abogado también encontrarás una pared tupida de diplomas, sientes que has llegado donde el profesional que necesitas, también puede que así sea. En algunas recepciones de agencias de publicidad puedes apreciar un muro donde tienen todos los trofeos recibidos recientemente por su creatividad y efectividad.


Hemos sido educados para exhibir todos nuestros logros en cualquier campo para comunicar que somos exitosos en nuestras carreras y que sabemos mucho de un tema determinado. Y mejor aún si hemos ganado algún premio o reconocimiento especial por la labor o el trabajo que hayamos hecho: eso sí que hay que exhibirlo.


Hace algún tiempo, mientras adelantaba un diplomado que duraba un año, decidí abandonar el grupo de trabajo con el que tenía que presentar mi proyecto final, por diferencias de criterio con los demás integrantes. La directora del diplomado me advirtió que me iba a calificar con el mismo rigor que a todos los demás, que sólo tenía la mitad del tiempo para desarrollar mi proyecto y que si no lo completaba, era posible que no me graduara. Le dije con toda tranquilidad que estaba al tanto de las condiciones y que ya vería yo que hacía para sacar adelante el diplomado. Nunca sentí que fuera importante la nota ni el diploma, estaba muy contento con todo lo que estaba aprendiendo en el curso y quería verme enfrentado al reto de sacar adelante el proyecto final. Al terminar el curso, y menciono esto como registro de los hechos, me dieron un diploma con una mención especial por haber sido el estudiante con más alta nota. Diploma y mención fueron a parar a la basura al día siguiente.


Lo siento pero no le creo a los diplomas, no le creo a los reconocimientos. No voy a decir que me parece mal recibir un premio o que alguien quiera destacar alguna labor que haya hecho en cualquier tema, pero lo que sucede es que no le doy mucho valor a eso, siempre quiero tratar de ir un poco a profundidad en lo que hago, conocer la reacción que genera, la respuesta, ¿sirvió de algo?, más allá de esperar recibir aplausos o tomates. Valoro mucho el esfuerzo, la constancia, la determinación y las acciones reales más que los títulos o premios. Le doy relevancia a la sabiduría que da la experiencia y al ímpetu de los que se adentran en terrenos desconocidos. No me parece bien que nos anden midiendo en términos del primer puesto, el mejor, el más grande, el más bonito. Siento que hemos entrado en un modo de competencia permanente e inconsciente por ocupar lugares, conquistar diplomas, llegar a cimas, obtener reconocimientos, que poco tienen que ver con esa motivación interna que nos lleva a hacer algo.


Me parece que le damos mucha importancia a los estudios, a la preparación académica más que a la calidad de seres humanos que somos. Definimos a las personas por lo que han estudiado y por qué tan preparadas están para lo que están haciendo, más que tratar de conocer eso que las hace únicas. Cuando estamos en la universidad nos hacen creer que si estudiamos en una institución con prestigio seremos grandes profesionales, pero si por el contrario hemos estudiado en una que no tiene mucho nombre, estamos condenados a ser empleados promedio y seguramente terminaremos manejando taxi o uber, sin que hacer esto sea algo denigrante.

También he notado que muchas personas entran en un viaje sin fin de especialización en especialización, solamente basados en que con esos títulos les van a pagar mejor o van a ser contratados por súper compañías en las que siempre han soñado trabajar. Probablemente sea verdad lo del mejor sueldo o lo de la empresa de los sueños, pero mientras se esta recorriendo desesperadamente el camino para llegar a esa meta fijada, se pierde la esencia de por qué o para qué estudiamos lo que estudiamos, reduciéndose todo a obtener fama y fortuna.


Me encanta la gente que intenta hacer las cosas cada día mejor por pura satisfacción personal, por su propia realización, y no porque estén esperando la validación o el aplauso de un tercero.

En la industria cinematográfica, por dar un breve ejemplo, es muy fácil notar lo de la sobrevaloración de los premios. En la ceremonia de entrega del Óscar, hoy en día es más importante la ropa que llevan los actores o directores de las películas, que las películas en sí mismas. Hay más despliegue informativo para saber quién asistió, qué vestido llevaba y por quién estaba acompañado, que explicar un poco la trama de las historias, el trabajo de los actores, la producción, las escenas, etc. Todo se convierte en una enorme feria de vanidades, donde lo último que importa es el trabajo cinematográfico realizado. Igual desde el mismo momento en que son creados unos premios, ya entramos en modo: lo que importa es el reconocimiento.



Me encanta la gente entregada a su oficio, a su profesión, a su arte. Me encanta la gente que intenta hacer las cosas cada día mejor por pura satisfacción personal, por su propia realización, y no porque estén esperando la validación o el aplauso de un tercero, o porque llenen de méritos su trabajo, o por esperar un título que les dará prestigio y nombre entre sus colegas. Me cae muy bien la gente que hace lo que hace sin esperar recibir una estatuilla o un pedazo de papel que después encerrará en un marco de madera, le pondrá un vidrio al frente, lo colgará en una pared muy visible, al que luego una persona se encargará de quitarle el polvo por años.

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