• Jonás

EN BUSCA DE LA SUAVIDAD PERDIDA



Los hombres no lloran. A ver, pórtese como un varón, ¿o es que acaso es una niña? Este tipo de frases se escuchan cuando eres hombre y muestras por alguna circunstancia que eres débil, que algo te dolió, que te emocionaste por algo y lloraste, que te mostraste vulnerable o frágil en una determinada situación.


La sociedad nos dicta a los hombres que debemos ser fuertes, inquebrantables, valientes, que no podemos demostrar ninguna debilidad, que si alguien nos ofende tenemos que irnos a los golpes para demostrar que no nos dejamos de nadie, demostrar nuestra hombría. Se dice que debemos ser la máxima autoridad en el hogar "el hombre de la casa", que no estamos para hacer labores de mujeres, que debemos tratar fuerte a los demás, que tenemos que hablar fuerte, tratar las cosas a los golpes para que no quede duda de nuestra hombría. Pienso que todas estas ideas son machismo recalentado, la oda a los trogloditas, perfecta basura.


Crecemos dándole más poder a estas posturas, vivimos con la necesidad de cuidar la tradición de brutalidad masculina, asumimos que para ser respetado debo validar que soy un macho que no se anda con "maricadas". Y no sólo nosotros los hombres andamos con ese imaginario, algunas mujeres también se encargan de mantener esta aberración buscando, elogiando y perpetrando esta destructiva actitud. Nos vemos aislados de conceptos como la ternura, el juego, la compasión o ser capaces de demostrar nuestros sentimientos con lágrimas o con lo que sea, y perdemos así cualquier atisbo de suavidad, un tema vetado para los hombres.


Grandes líderes de todos los tiempos han sido principalmente hombres que han tenido clarísimo, salvo algunas excepciones, que no pueden ser suaves, que eso es sinónimo de debilidad, que eso es un asunto reservado para las mujeres, y hemos sido testigos de que ese tipo de liderazgo no le ha traído más que destrucción y mortandad a la humanidad.

Necesitamos tratarnos mejor, ser más cuidadosos con nuestras palabras, con nuestros actos, con el significado que le queremos dar a nuestras intervenciones.

Hace un par de años conocí a Mario Venegas, un joven instructor de slackline, (actividad que consiste en caminar manteniendo el equilibrio sobre una cinta floja de 5cm) y me sorprendió cuando al enseñarme la técnica para poder caminar en esta cinta, me habló de conceptos como la concentración, el juego, la flexibilidad, la adaptabilidad, la danza y la suavidad. Quiero resaltar la suavidad porque fue algo inesperado, algo que me era difícil asimilar, era un concepto femenino, algo prohibido para los hombres. Entonces Mario me mostró con algunos movimientos de sus manos y sus pies, como la suavidad nos ayuda a la estabilidad, nos hace relajarnos, nos vuelve más precisos, más sensibles. Al comienzo me sentía extraño al tratar de mover suavemente mis manos, de hecho no me respondían bien, se movían toscamente. Tampoco las piernas obedecían a mi intención de ser suave en los pasos, mi cuerpo ponía resistencia a esa orden, era necesario un trabajo de desaprendizaje, de tumbar el muro mental que me impedía ser suave.


Ahora era consciente de que había otra forma de hacer las cosas. Empecé a suavizar voluntariamente todos mis actos, todos mis pensamientos, todos mis movimientos. He tratado desde entonces de identificar esos momentos en los que uso la fuerza más de lo necesario y los he transformado en pequeños movimientos que relajan y facilitan todo. He cambiado las reacciones automáticas de macho fuerte y agresivo, por una actitud más mediadora que dosifique la fuerza a mi alrededor y me lleve a cumplir mi cometido de una manera certera y práctica.


Es muy fácil entender el concepto de suavidad cuando recordamos a los ninjas, estos guerreros encapuchados que podían penetrar cualquier fortaleza utilizando movimientos danzantes, muy suaves, imperceptibles, que usaban la fuerza realmente cuando la necesitaban y se retiraban en silencio una vez habían logrado su cometido. También se me viene a la mente la forma como el gorila toma sus alimentos o trata a los miembros de su clan, con una delicadeza muy espontánea, un animal tan fuerte que solamente usa su fuerza y su poder cuando tiene al frente una amenaza contundente.

Creemos que la única postura correcta es la que nosotros tenemos, somos rígidos, poco flexibles, cero suaves.

Es imprescindible que seamos más suaves, hombres y mujeres. Necesitamos tratarnos mejor, ser más cuidadosos con nuestras palabras, con nuestros actos, con el significado que le queremos dar a nuestras intervenciones. He percibido una mayor fluidez con el entorno en que vivo al abordarlo desde la suavidad, la no violencia, desde un sentimiento compasivo que no hace al otro lo que no quiero que me hagan a mi. Esto se percibe también en nuestros juicios permanentes, somos implacables, totalitarios, extremos, creemos que la única postura correcta es la nuestra, somos rígidos, poco flexibles, cero suaves. Se puede cambiar esa actitud, se puede integrar la suavidad en nuestros dias, en nuestras sonrisas, en nuestras tristezas. Es posible llevar una vida más tranquila, más alegre, más conciliadora cuando somos más suaves.


Hace poco vi una película llamada "Olé, el viaje de Ferdinand" y me conmovió mucho cómo el personaje principal, un enorme toro, utilizaba muy pocas veces su fuerza bruta. Me dio una gran lección de valentía este personaje al no quebrantar sus principios de cuidado por los demás y de suavidad, aún cuando el entorno lo obligaba a ser feroz y agresivo.


La valentía no tiene nada que ver con la fuerza, la debilidad no tiene nada que ver con la suavidad, nada es exclusivo de un género en particular, todo es importante, todo nos pertenece y todo tiene su momento para ser expresado.

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